Empatía, la clave en tiempos de crisis

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Antes del confinamiento, de regreso a casa, acostumbraba a poner gas en la misma estación de servicio, y en el momento de pedir la factura, en caja, no podía evitar leer el cartel que siempre me recibía con un (palabras más, palabras menos): “Sé amable. No sabes qué batalla está librando la persona que te atiende”. Invariablemente, mi rostro cambiaba, y mi conciencia se ampliaba.

La pandemia actual, la estamos librando todos/as, y por si fuera poco, es mundial (con muchas diferencias, que van desde el funcionamiento del sistema sanitario, hasta la fuente de vida de cada región del mundo, pasando por el nivel socioeconómico, la relación con la naturaleza, los climas, etc).
Este cartel que yo veía en la gas, se me ha ido repitiendo como un mantra, y eso, sí, con una significativa modificación, ha pasado de ser singular a ser plural: “Seamos amables, seamos amables, seamos amables…”.

El virus se esparce como el polen en primavera cuando el viento lo aviva. Lo que no sabemos es, cómo está permeando en cada casa (o en cada vida, pues no todos/as podemos hablar de casa) esta llegada masiva de polen. A parte del confinamiento per se, hay personas que están en situación de maltrato, de riesgo, otras con un familiar que sueña cada noche con que el coronavirus se lo lleve a él, porque no aguanta más. Quizá incluso intentó adelantarse a la pandemia, sin éxito y con mucho dolor. Hay familias que ya no llegaban a fin de mes, el año pasado… Y hay personas altamente alérgicas al polen.
También, el polen, es la vida en potencia; y ver cómo la tierra se poliniza, también nos permite ser amables, con ella, con nosotras/os. De repente sueño que el mantra “Seamos amables”, nos lleva a todas/os a ampliar la mirada; una mirada que pide y ofrece ayuda sin dudar, y aunque quizá suene paradójico hablar de esto cuando no podemos vernos, las miradas que yo sueño, no entienden de distancias (veo hasta mis zapatos, hasta mi pantalla…), no se quedan solo con el color de tus ojos ni se dejan impresionar por las dioptrías que nos separan. Estas miradas están llenas de compasión, de adentro a fuera y de regreso; De solidaridad, reconociendo el valor de lo personal y compartiéndolo con quien pueda necesitarlo; Y de extrema ternura, recibiendo a cualquier otra persona como si de alguien muy querido se tratase.

Empezar a tejer redes de una forma expansiva es de las acciones más revolucionarias que se me ocurren en estos momentos –y con cierta pena asumo, que es revolucionaria para mis tiempos (ya parezco una abuela: “en mis tiempos”…)–, pues en realidad es la forma más genuina de la humanidad, y de la vida en el planeta tierra.

Me gusta pensar que México es un país fuerte, de gente fuerte en todos sus sentidos; tan fuertes que sostienen violencias y diferencias sociales alarmantes, como también fuertes a la hora de amar, y de vivir, alimentando una amistad, un amor, y un presente sin precedentes y sin proyección a futuro. De los pocos países que conozco, ninguno vive tan al día – Y no estoy analizando, sino hablando desde mi experiencia –, ninguno puede sostener la incertidumbre del presente como lo hace éste, ni la improvisación, ni las decisiones creativas del momento aunque no sepa hacia donde va.

Cuando me siento desorientada por el momento presente, me concentro en esa fuerza, por unos segundos, y deseo que sea la misma que nos ayude a expandir la mirada, tanto que no pueda detener la vida en estado puro. Seamos amables, transmutemos la mirada, llevémosla a todas partes: hacia dentro y hacia fuera; Y, sobretodo, hacia los lados, para poder dar y recibir, con la certeza de quien sabe que cada día amanece y anochece. Más allá de mi pareja, mi familia, mi barrio, mi pueblo, mi país… descubramos por fin el ADN de la humanidad y apropiémonoslo plenamente.

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