Romero y Chocolate

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Allí nos conocimos. Las dos estábamos de paso. Ya no recuerdo quién invitó a quién, solo que hacía frío –no de invierno, sino del otoñal que cala sin que te des cuenta–. Las hojas estaban a medio camino entre el árbol y el suelo. Paseábamos sin rumbo fijo. Mientras tú me hablabas del sabor del chocolate de tu tierra, yo lo hacía del olor del romero de la mía; y aunque hablábamos el mismo idioma, nuestros acentos delataban orígenes muy lejanos. Te pregunté qué hacías en ese rincón del mundo, y tú me devolviste la pregunta, pues yo estaba más lejos de mi casa. Me gustaba tu piel, de ese color tan barro, que se me antojaba como el tostado del sol en pleno Mediterráneo, mi mar añorado. Te imaginaba, viajera y romántica, y tras esa sonrisa perfecta, contaba, inevitablemente, las manos que se habrían posado sobre ti.

En unas horas, transitamos por todas las fases cromáticas del sol. Hasta que se fue. Ahí lejos, en el horizonte, antes de desaparecer, me pareció que nos hacía un guiño: «Te dejo con la luna»–me susurró.

De la nada, encontramos un lugarcito muy agradable en el que descansar de nuestro largo paseo. Pasé frente a ti, cuando me abriste la puerta, y aunque ni me tocaste, sentí el calor de tus ojos, que entonces –por la luz– se tornaron color miel. Me estremecí y torpemente me acomodé como pude. Tú te divertías viéndome, como si fuera un espectáculo privado con un solo asiento, el tuyo.

Llegó una mesera distraída y nos miró con curiosidad. Pedimos agua, vino y algo más. Ella te sonreía y tú le devolvías la atención. No sé en qué momento nos trajo nuestra orden; quizá nos miró, y al no hallar respuesta, se fue atrás de la barra, mientras soñaba poder alcanzarnos en nuestra plática, amable y animada.

Yo no apartaba la mirada de tu cuello, solo pensaba en perderme en él y descender por tu cuerpo sin miedo al abismo. Mientras un sorbo de vino terminaba tus frases, las mías las empezaba. Descubrí en tu boca, una gota olvidada y no me pude resistir. Posé mi dedo en tus labios, y el rojo del vino se mezcló con el de mis uñas. Me diste la bienvenida, el romero y el chocolate de nuestras tierras empezaron a combinarse: jamás había probado un sabor tan dulce ni había dejado una huella tan salada.

No había nadie, solo la mesera, quién, a lo lejos, se relamía como gata en celo. No sabía qué me producía más excitación: el hecho de saberme observada o de no saber si en cualquier momento podía perder la batalla o ganar una aliada. 

Mi temperatura aumentó en cuestión de segundos y cuando mis manos quisieron perderse por debajo de tu ropa, suavemente, me detuviste: «Necesito un poco más de privacidad». Recogí mis cosas, y me fui a pagar, en un intento de alejarme, por segundos, del olor y del efecto irreversible que causabas en mí. Salimos del lugar, y seguimos nuestro paseo como si jamás nos hubiéramos detenido. Era tal mi ensoñación, que ni siquiera recordaba donde me estaba quedando, con suerte una neurona me recordó que estábamos en Oaxaca. Me invitaste a tu cabaña, al lado de Hierve el agua; el nombre era una invitación, lo vieras por donde lo vieras.

Antes de llegar a la casa, pasamos por los azufres, que, a esas horas, estaban desiertos. Tanto me apetecía meterme, como pereza pensar en el después. Como si me hubieras leído el pensamiento, te acercaste y metiste la mano en el agua. Antes de que me diera cuenta, me estabas desnudando con una habilidad tal, que ni yo conmigo misma. Me metí en el agua, y esperé, impaciente, tu entrada. Mientras la piel de arriba se te erizaba al contacto con el aire, la de abajo, con el agua, te delataba. Recorrí los extremos de tu cuerpo entero, a medida que ibas entrando, viéndote a los ojos, perdiéndome en tu sonrisa, oliendo como nunca a chocolate deshecho…

Nuestros labios se volvieron a encontrar, con un poco más de fuerza. Me atrajiste hacia ti, rodeé tu cintura con mis piernas. Tenía la sensación de que iba a desaparecer en cualquier momento. Cuando me recorriste la cabeza con tu mano libre, me acerqué a tu oído queriendo susurrar algo, pero no pude… me dediqué a visitar con la lengua los lugares colindantes a tu cuello y tus orejas. Por un instante, me pregunté si el tiempo se habría detenido para nosotras.

Creí que me iba a quedar sin aire, cuando, me diste la vuelta y empezaste a recorrerme el cuerpo con tus manos expertas. No sé cuánto rato estuvimos así; no sé si corrí o me vine a paso firme, según si hablaba la voz mexicana o la española. Cuando fue mi turno y, te cargué en mis brazos, con una alta dosis de deseo, me fui moviendo sin soltar tus besos hasta acomodarme en un escalón natural que los líquenes y otros organismos simbióticos se habían encargado de ablandar. Metí la mano y con el lodo que alcancé a sostener unté tu espalda, mientras en tu pecho me deslicé, resiguiendo esas curvas que me volvían loca. Con cada vez más lodo, y menos vergüenza, me entregué a la increíble hazaña de encontrarme contigo.

Nos quedamos recostadas, viendo al cielo. La luna, traviesa, nos sonreía de costado y millones de estrellas llenaban una noche que parecía no tener fin. Aunque sentía el cálido sostén de la tierra envolviéndonos, algo en mí gritaba por salir. Instintivamente, giré mi cara y te busqué, recuerdo la mueca de tu boca, a camino entre una sonrisa y un grito apagado. Estabas petrificada: «Mírame, por favor» –te supliqué. Y no hallé respuesta. Rodaron las lágrimas sin dificultad cuando toqué tu rostro perfecto, tan perfecto como el barro aun sin pulir, tan frío, como su naturaleza.

Salí del agua y corrí como loca, tratando de acomodar la emoción. Pero cada metro que ganaba, perdía un punto mi esperanza. Regresé. El nivel del agua había bajado, ya hasta tus caderas esculpidas se asomaban. Me acerqué a ti, agotada, y mi cuerpo a tu espalda, en posición fetal, casi meciéndome. Solo allí, se apaciguó mi alma y me dormí.

Cuando abrí los ojos, la chica del café me miraba pacientemente, y me tendía la mano. Volteé hacia el lugar donde ayer estabas y ahí no había azufres, ni barro, ni rastro de ti. Ella me vio desconcertada y con la misma ternura con la que me vio amanecer, me dijo: «Bienvenida». Yo estaba muy confundida, no podía dejar de llorar: «¿Dónde está Ixchel?»–le pregunté. Y sentí que a ella también se le nublaba la mirada… Sus palabras recorrieron mi cuerpo, dejándome al borde del abismo, tal y como hoy reviven en mi memoria: «Ixchel, era ella y también eres tú… mujer arcoíris, mujer luna. Llegó para enseñarte a amar, pero, sobre todo, a amarte». No podía escuchar más, era muy doloroso saber que no podría volver a verte, que no eras más que mi luz proyectada.

De frente, ella, sin exigencias ni reclamos, me esperaba para deshacer el camino que el día anterior habría hecho contigo. En él, fui recuperando mi estar, mi energía, mi ser más profundo, dormido por tanto tiempo. 

Me azotó una sensación muy fuerte que me hizo regresar corriendo al lugar donde me había mecido contigo. Ahí, en el suelo, encontré un trozo de barro, que adiviné era un pedazo de tus labios. Cuando me lo llevé a la cara, y lo olí, una intensa mezcla de romero y chocolate, inundó el espacio y todo mi ser.

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