Mueran, celos. Me abruman tanto con su presencia, que solo siento el corazón encogerse, y mi alma retorcerse. Déjenme tranquila, que mi mirada se pose en cualquier historia que veo afuera de mí, sin sentirlos rondar alrededor. Son muy intrusivos, ya los conocí hace tiempo, y hace tiempo lidié con ustedes como pude, con muchas ganas, y bastante mal, seguramente. ¿Cómo es que aparecen “de la nada” y desatan un mar de incertidumbres?
Nadie les invitó a mi fiesta, déjenme hibernar tranquila, como las osas, con la panza llena, calientita, y soñando lo que pasa en vida metida en una cueva sin sentido claustrofóbico. Quiero despertar en 6 meses, los más cortos de mi vida, y ponerme a saltar sin consecuencias ni entumecimientos.
Vivan, celos. Su presencia revitaliza mi esencia y mi deseo de pertenencia. A la vez, me recuerdan que nadie es de mí, y que por tanto, yo no soy de nadie; que no soy inmortal, que soy vulnerable, que siento el miedo de la fragilidad cuando estoy a punto de culminar la felicidad. Gracias porque cuando están a mi lado, saco una fuerza de debajo las piedras para poder apartarlos de mi vida; y cuando me sereno, me llega la experiencia que impacta, y que sin ustedes, seguramente, sería más difícil tocar. Nadie es mío, no soy de nadie. Hay otras personas que riegan las flores que me rodean, de la misma forma que hay otras manos que me riegan sin yo ser consciente que para otr@s el agua de esas manos siempre es limitada.
Mézanme con su canto, celos, pónganse en un lado de mi balanza, y no dejen jamás de sorprenderme; sin embargo, si ven que la sorpresa ya es mayúscula, también les pido que se vayan del otro lado, al menos por un tiempo.
Los veo, celos, lo prometo; los reconozco pues sé que hoy, una vez más, me recuerdan que el amor debe ir, no solo hacia afuera, sino sobretodo hacia adentro, hacia mi autenticidad, hacia eso que me hace ser especial, aunque a veces pueda ser incómodo, o incluso desagradable. Es certero, y real; y con eso, hoy, agasajo mi corazón, y me basta.

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