En pocos días es Día de Muertos y por séptimo año consecutivo, lo celebro en México. Mi gente de allá me pregunta con curiosidad genuina (Quien sabe si con un poco de anhelo de encontrar paz en algo tan grandioso como es la muerte), a la vez que abren los ojos y hacen gestos graciosos al escuchar a mi hijo cantar con toda la naturalidad: “Entre las ruinas de un monasterio, uuu… uuu… Se abren las tumbas de un cementerio, uuu… uuu… Tumbas por aquí, tumbas, por allá, tumbas, tumbas y tumbas jajajajajaja…”.
México vibra cada primero y segundo de noviembre, y yo, vibro con él. A veces me siento como si estuviera en un agujero en la tierra, tan oscuro que solo puedo captar la humedad y las corrientes de agua; y en cambio, otras, me sitúo tan arriba, en el cielo más azul que jamás pude imaginar, y que soy capaz de convivir con las nubes y escuchar al arcoíris como me recuerda “que tot està per fer i tot és possible” (Martí i Pol). Sí, mi arcoirís me habla en catalán.
México no es un lugar de medias tintas; es completo en sí mismo, y su gente tiene la capacidad de convivir mezclando vida y muerte, casi como si de un pan de muerto se tratara; con sus huesos estampados, y dulce de corazón.
Yo, y muchas personas extranjeras, nos maravillamos ante este culto a la muerte, como si en nuestros países de origen, de veras, viviéramos de espaldas a ella o pudiéramos evitarla. Aquí, en cambio, esta muerte es presente, real y metafórica, porque tanto te habla de la muerte de una persona amada, como también de la de un negocio, una relación, un viaje, un sueño, un trabajo… La muerte simboliza el cierre de un ciclo, para iniciar otro. Y siento que aunque en México los cierres ocurren como en cualquier otra parte del planeta (a veces de forma anunciada, y otras de forma abrupta y violenta), aquí se digieren de una forma más natural.
Gracias a esta cultura, siento que puedo volver a mis orígenes cuando lo necesito, a través del color y el simbolismo, y recuerdo lo que le gustaba a mi gente que ya se fue y se lo regalo en mi altar y si aún tengo ganas de llorar lloro, y si aún me quedó algo por agradecer o reclamar prendo una vela y lo hago, sin complejos, con amor, esperando que en otro lugar que desconozco una sonrisa se ilumine porque nos ven crecer y subsanar mientras nos protegen con su estar sutil.
Deseo que esta luz que nos proporcionan nuestros ancestros y nuestros cercanos fallecidos nos dé sabiduría organísmica e intelectual para vivir nuestras vidas más en paz, más en comunión, cuidando de nuestros hij@s y de l@s ajen@s como si en ell@s pudiéramos vislumbrar un futuro armónico, sanando en conjunto, sea acá o allá, separándonos 9000 kilómetros o apenas unos cuantos centímetros de mirada.
Autora: Caro Ferrer Chinchilla.

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