¿Conoces tu superpoder?

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Tengo dos hijos, y un trabajo diario –por no llamarle obsesión– de no querer etiquetarlos. Sin embargo, casi me atrevería a afirmar que fue desde el embarazo, que sentía que tenían dos caracteres muy diferentes. Sé que mis palabras pueden sonar un poco ‘voladas’, pero así fue mi experiencia, y hoy, en sus formas de ser, –cambiantes, siempre, pero como con una especie de esencia en cada uno de ellos–, se me confirma.

El primero, tiene una motivación innata y unas ganas tremendas de aprender, de conocer, de establecer relaciones, de vincularse; se sabe el nombre de personas que ni yo recuerdo, y por la calle saluda hasta quien le niega la sonrisa… El segundo, también con una curiosidad ilimitada, tiene además una capacidad profunda para saber lo que le gusta o no, eso se traduce en una pasión sin límites cuando es sí, y en una mala hostia –con perdón– cuando es no. Lo mismo me agarra a besos desprevenida, que se desgañita mientras aporrea el suelo, porque le he dicho “Esto, ahora, no se puede”.

En esta cosa mía de: “No pongas etiquetas, compréndelo, acéptalo como es…” también dejo de lado, que, precisamente, esas dos emociones –el afecto en el primero, y el enojo en el segundo– son también sus emociones recurrentes, sus superpoderes como yo les llamo, su forma habitual de relacionarse con el mundo y con las personas que en él habitamos.

En efecto, si seguimos la propuesta que Muñoz Polit (2016), nos hace en Emociones, sentimientos y necesidades, una aproximación humanista, sobre la clasificación de las emociones: “…el miedo, la alegría, la tristeza, el enojo y el afecto son las cinco emociones primarias; cada una de ellas busca satisfacer alguna necesidad de supervivencia”; esto es, que, gracias a las emociones, seguimos subsistiendo como especie, o dicho de otra manera, las emociones son funcionales. El miedo brota cuando sientes una amenaza y necesitas protegerte; el afecto, vincularte; la tristeza, introspectar; el enojo, poner un límite, y la alegría energetizarte. De otra forma, si no sintiéramos alguna de estas emociones, estaríamos, casi negando, la propia existencia.

Hablar de esta necesidad de supervivencia es también hablar de nuestra diversidad como seres humanos: tanto necesitamos buenxs líderes –con el superpoder del enojo–, como buenxs artistas –muy a menudo vinculados con el superpoder de la tristeza–, también buenxs previsorxs, que seguro vivirán más años –utilizando el superpoder del miedo–, y aglutinadores de amigxs y familia –vinculados al afecto–, sin olvidar a las almas de la fiesta –a quien lxs mueve el superpoder de la alegría–… Y, esto, son solo algunos ejemplos que podríamos ampliar tanto, como personas habitamos el planeta tierra.

Aunque, idealmente, deberíamos de estarnos moviendo entre las cinco emociones con total libertad, respondiendo a lo que ocurre en el entorno, la realidad es que se nos dificulta, y, a menudo, tenemos una o dos favoritas. A eso se le suma que de entre todas, hay una de ellas, que se llama emoción innata dominante, que es con la que nos es más fácil contactar.

Te propongo hacer un experimento: cierra los ojos, y ubica estas 5 emociones haciendo un repaso por tu vida. Date cuenta si hay alguna que se te hace más familiar, con la que te sientas más cómodx –o, con la que te cueste contactar–. Checa si hay algún mensaje que te estés diciendo al respecto que te ayude o te limite: “No tengo motivos para estar triste, no recuerdo a nadie de mi familia enojarse, no hay que tener miedo en la vida, al final la gente siempre te hace daño, mejor me relaciono con pocxs, yo no siento alegría…”. Si hay una de las cinco que te resulte más familiar, te guste o no, ésa es tu emoción innata predominante, ese es tu superpoder.

Hay muchos mensajes del entorno que harán que sea más premiada o juzgada una emoción que otra; si has nacido en una casa donde nadie se enoja y tu emoción predominante es el enojo, va a ser muy difícil que puedas o puedan validarte a no ser que estés consciente de eso. Si, por el contrario, tu emoción es muy apreciada en el entorno, como, por ejemplo, acostumbra a ocurrir con la alegría, seguramente va a ser muy difícil explorar otras emociones. Es decir, no se trata solo de una cuestión de “carácter”, sino que los condicionantes del entorno, como la cultura o la familia que nos rodean, son igual de importantes en esta vivencia de las emociones.

Si regresamos a nuestro tema, lxs niñxs, al menos los míos, pasan de la pelea a la risa en cuestión de segundos, del miedo al llanto, en unas fracciones de tiempo tan cortas, que ni chance me da de reaccionar, ya no digamos de intervenir. Me ganan y me desarman siempre.

Pero a la vez, también me recuerdan… que yo lo viví todo eso, libremente, y que, ahora, condicionada por el entorno y mis años de vida, me cuesta muchísimo sentir algunas de ellas –en concreto dos: el enojo y la tristeza, aunque el miedo ahí les va de cerquita–. Sin embargo, cuando sí me doy la oportunidad, aunque en un primer momento me sienta perdida, lo que viene después es maravilloso: la sensación de estar recuperando una parte de mí olvidada.

La revisión a la que invito hoy, –como madres/padres, educadorxs, terapeutas, y personas cercanas a la infancia, y ya, de paso, a la sociedad en general–, es, no solo a impulsar a nuestrxs niñxs a seguir moviéndose con naturalidad entre las distintas emociones, sino, a dar un paso más allá, y deconstruirnos a su lado; pues el trabajo de darles libertad, empieza por dárnosla a nosotrxs mismxs.

Quizá hoy no sea un gran gesto, quizá solo un sutil acto que nos acerque a esa novedad latente, que, aunque la creíamos olvidada, sigue representándonos como seres individuales y como reflejo de toda la humanidad.

Autora: Caro Ferrer Chinchilla

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