Ternura entre hombres

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Mi tío falleció el año pasado, y fue un día muy triste; ese, y los que le siguieron. Poco antes y poco después, otras muertes invadieron las casas de tristeza: bebés, hermanos, parejas, abuelas… se fueron dejando un inmenso vacío de sentido.
Ir a visitar tanatorios, es hoy, en esta pandemia, casi un lujo. Sin embargo, en esos meses de 2019, fueron, un lugar habitual para mí, en el que las palabras sentidas y los sueños de encontrarnos en el más allá, se volvieron actos de extrema cotidianidad.

En el funeral de mi tío, vi mucha gente entrando y saliendo; mis primos, dos “tiarros” –como diríamos en España–, se entregaban a la emoción de despedirse de su padre como sabían, o, mejor dicho, como podían: con profundo dolor, y también, absoluta fluidez. Yo los observaba en silencio, como pasaban de brazos en brazos, muchos más de los que podría contar con los dedos de mis manos; abrazos de amigos, de hombres –también mujeres, pero hoy quiero centrarme en ellos–, que los sostenían fuerte, mientras secaban sus lágrimas en camisas, sudaderas y sacos ajenos… y, a la vez, casi suyos. La sal de sus miradas, y el suavizante en el olfato, se entremezclaban en un tanatorio que bien podría parecer una casa, al menos por esos instantes que vivimos. Una casa, y también un cuadro musical. De espaldas, ellos y ellas –mi tía, mis primos y sus parejas–, de blanco y negro, alternativamente, dibujaban las teclas de un piano y una melodía susurraba a los que ahí estábamos, tristes, que él se iba, y se iba acompañado. La belleza de la despedida, unos instantes de respiro en medio de tanto dolor.

En unos días, cumpliéndose un año de su partida, en las próximas fiestas patrias –como no podía ser de otra manera, dado su extrema mexicanidad–, brindaré por él y por la gran enseñanza que me dejó, que nos dejó: que los hombres tienen sentimientos –eso, teóricamente, lo sabemos– y, sobretodo, que PUEDEN expresarlos. Los hombres lloran, incluso a mí y a mi tía –dos catalanas secarrales– que no somos hombres, nos lo enseñó, que podemos emocionarnos en cualquier brindis, y en cada despedida, sin miedo; me enseñó, por consiguiente, que al menos, en eso, era un hombre “atípico”. Y, ¿Saben qué? Me encantó –aunque ahora sea ya muy tarde para decírselo a él–.

Durante estos meses, pero sobretodo ahora que va a cumplirse su primer aniversario de despedida, dentro de mi consultorio y en mi vida personal, ante tanta ausencia de padres varones y tanta violencia hacia las mujeres, transformada en última instancia a una violencia hacia la humanidad, siento imperioso detenernos y proponerles –sino gritarles, a veces, varones– que su fuerza no se mida solo por los “putazos” que dan o reciben, sino por la capacidad de dejarse impactar y de mostrar su vulnerabilidad, su ser más profundo, que esto nada tiene que ver con sus orientaciones sexuales, que para amar a un hombre no hace falta tener deseos de acostarse con él. A menudo me pregunto si acaso sentirán estos hombres que no muestran su vulnerabilidad, que eso es poco de hombres, poco sexy. Solo puedo hablar por mí, pero con el corazón en la mano, les digo, que no solo lo niego sino todo lo contrario –y ahí, cada quién, utilice lo que quiera de su imaginación–.

A veces en las noches, cierro los ojos, y regresa a mí mi tío, y le sonrío a las estrellas –quién sabe si a él también– acordándome de esas bellas imágenes, de esos brazos fuertes sosteniendo, y esos cuerpos fuertes dejándose sostener: hombres que se quieren, demostrándose la ternura que en todos los cuerpos habita, que se apoyan y se soportan… En esos instantes antes de dormir… les mando un deseo a todos ellos: que esa fuerza en el amor la demuestren siempre y no solo en situaciones extremas.

Doy gracias a mis hombres sensibles: mi hermano, mis pacientes, mis primos, mi pareja, mi padre… y en este caso, a mi tío especialmente, por mostrarme y ayudarnos al menos a poder entregarnos a este dolor, llorándole, y quizá transitando de una forma más suave, o más auténtica, su partida.

Autora: Caro Ferrer Chinchilla

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