Complicidad en terapia

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(Lo que podría pasar, íntima y confidencialmente, dentro de un consultorio)

Apuré mi taza de café. El sabor era intenso en mí. Cerré los ojos un instante para poder retenerlo, como jugábamos a hacerlo años atrás con Manu, de quien no sabía la terminación de su nombre ni muchas más cosas de su vida. Me sorprendió su recuerdo repentino, descarado y tan nítido. Mientras tanto, Anna, dejaba su bolso y la chamarra en el colgador que tenía justo al lado de la entrada a mi consultorio.

Con Anna llevábamos 5 meses trabajando. Era la primera vez que asistía a terapia, más presionada por el entorno que por un deseo propio. Su novio –y sus hermanas–, tradicionales y muéganas, por decirlo de una forma suave, no entendían cómo siendo mujer no quería tener hijos: “Estás mal, no eres normal, te vas a arrepentir, es el mejor regalo de la vida…” eran frases que una y otra vez me repetía en la consulta, con su consiguiente nudo en el estómago –al menos, en el mío–.  

Recuerdo que necesitamos varios meses para poder acercarnos de una forma más profunda. Al principio no se atrevía hablar, se sentía inadecuada, y, poco a poco, entre las dos, fuimos creando el espacio de seguridad y confianza necesarios, para poder compartir su visión sobre el mundo, y sobre ella misma. Yo no tenía prisa; me parecía que era un poco como lo que le debía pasar a ella con la decisión –imposición –, de tener o no criaturas.

Alzó los ojos y con ese color tan profundo como casi negro, sacó una servilleta del bolsillo y empezó a narrar lo que allí había escrito, en voz alta, ajena casi a mi presencia. No necesitaba pedirme permiso. El sabor de mi café se convirtió en sonrisa cuando empezó a hablar, me sentía muy orgullosa cuando la veía tomar la iniciativa de algo en lo que parecía, le iba casi la vida:

  • Desperté después de una noche muy movida, y no estaba en mi casa. No sé qué tan grande o pequeña había estado la luna, ni siquiera cuáles habían sido mis preocupaciones del día anterior; de lo que no tenía duda era de lo que estaba sintiendo en esos momentos: un dolor de cabeza intenso, como si hubiera bebido mucho, unido a unas ganas tremendas de ir al baño y un cansancio extremo. Intenté recuperar por unos instantes el recuerdo de lo que había hecho, pero no había nada en mí que me diese la más mínima pista.

    Me acerqué instintivamente a una puerta y la abrí encontrando el baño que tanto ansiaba. Cuando entré me quedé maravillada de lo detallado de éste, además de que parecía un lugar antiguo de baldosas pisadas por el tiempo: alguna rota, alguna achacosa, y alguna cuidando de los recuerdos que allí habitaban.

    Mi cuerpo, caliente al salir de la cama, se había ido enfriando con el contacto de mis pies en el suelo, que además se iban recubriendo de una suela improvisada del polvo que fui encontrando en el camino. Me vi en el espejo, y al irme acercando, descubrí un resto de purpurina que le daba a mi rostro un aire más festivo. Mi reflejo y yo nos miramos profundamente: entre esa Anna que sostenía la mirada con cierta tristeza y la otra que la recibía con algo de esperanza, había apenas 20 centímetros de distancia.

Cuando terminó, la miré y sentí un poco de miedo. Miedo de sentir si podría estar a la altura de lo que querría preguntarme o profundizar a partir de lo que me había leído. Me di cuenta entonces que había dejado de respirar, así que tomé aire y dejé que esos más de 20 centímetros, que ahora eran los que a mí me separaban de mis Annas, convirtieran el miedo en esperanza.

Estaba acostumbrada a que trajese textos escritos durante la semana al consultorio. No porque yo se los pidiera –que, en otros casos, sí lo hacía– sino porque se convirtieron en un recurso que la ayudaba a empezar a hablar de un tema. Ese don que ella tenía –por decirlo de alguna manera–, lo habíamos descubierto durante esos meses de trabajo.

Me miró con curiosidad. Me atreví a preguntar –o, mejor dicho, a afirmar–:

  • Cómo es para ti confesarme esto. Veo que incluso tu voz es más quedita cuando lees, casi como si estuviéramos explicándonos secretos.

Se puso a reír y a mí se me contagió.

  • ¿Quieres que de verdad te cuente un secreto? –me dijo.
  • Por favor –le contesté aun acallando la risa, y viendo la chispa en sus ojos.
  • Mi secreto tiene nombre de mujer.

Hablábamos con el miedo de poner nombre a las cosas, de hacer realidad lo que de momento estaba en su vivencia y en mi imaginación. Pero nos aventamos al vacío, con la curiosidad royendo nuestros labios. Se produjo un silencio cómodo, y ahora que lo escribo, me da gusto hacerlo, pues siempre se habla de los incómodos. En nuestro silencio parecía que la complicidad se hubiese fortalecido y nuestro hablar fuese más allá de las palabras suaves.

  • Y yo soy una mujer. Y, además, tengo hijos –le contesté–, ¿Cómo es para ti, explicármelo a mí?

En ningún momento ella me había invitado a confirmar lo que las dos ya sabíamos desde nuestro primer encuentro: que era mujer y que tenía hijos. Pero se me hizo tan necesario como oportuno, aclararlo en esos momentos. A pesar de que no podía interpretar nada de lo que estaba pasando entre nosotras sí podía sentir que estaba pasando mucho.

Se puso a reír, y yo me subí a ese carro desbocado sin saber muy bien hacia donde íbamos, pero segura de estar haciéndolo juntas. En mi lugar, con el corazón acelerado y las manos calientes, esperaba y recibía su risa que de repente se convirtió en llanto. Se fue haciendo ovillo de una forma casi imperceptible a ojos ajenos, pero tan evidente ante mi mirada, que fui acercándome con mi cuerpo, con mi silla, con mi alma, y a pesar de que no me pude acercar con mi vivencia, le tendí la mano, y sostuve la suya, mirando al punto del suelo donde ella estaba mirando, respirando, sintiendo, abriendo…  

  • Estar con ella fue una revelación.
  • ¿Era la primera vez que estabas con una mujer?
  • No, aunque cuando salga de aquí lo voy a negar abiertamente. Como también negaré lo que pasó anoche.
  • Está bien – le dije. ¿Qué te revela, pues, el encuentro con esa mujer?
  • Disfruté mucho…–Y empezó a llorar de nuevo, y mi mano instintivamente se posó al lado de la suya–. Y ni siquiera fue lo que pasó, pues eso no lo tengo tan claro; no sé hasta donde llegamos o dejamos de llegar.

Asentí, sabía perfectamente a qué se refería. Yo no dejaba de pensar en Manu, ese Manu que conocí antes de mi vida familiar, y que hoy Anna, me traía con su historia tan verosímil. No sé por qué aparecía tanto en mi terapia del día de hoy, hacía años que no recordaba la noche que pasamos, que llegó después de muchos atardeceres y más amaneceres sin dormir. Pero ahí estaba… Manu. Y también Anna, y yo; ahí estábamos la humanidad entera.

  • ¿Cuánto hacía que no disfrutabas Anna?

Alcanzaba a escuchar palabras en medio de su respiración entrecortada y las hilé a mi manera, dejándome llevar por su expresión: me hablaba de que odiaba la idea ser mamá, de que quería atender a su necesidad pero no podía, de que quería hacer el amor con amor o con lo que fuera, pero sin embarazo, que ella estaba harta de sufrir hasta ver la sangre de la vida empapando el algodón… Cada mes.

La escuchaba y me costaba respirar; sin embargo, le agradecí ese espacio tan fértil de todo –menos de criaturas–. Le agradecí la determinación de pensar “diferente” a lo que se esperaba de ella como mujer. Incluso cuando la vi a los ojos –en una mirada vulnerable y bella, tan roja como lluviosa– poco antes de despedirnos, me pareció encontrar un resto de purpurina olvidada, de esa niña traviesa que también fui, y de forma descarada e inesperada regresó el recuerdo de Manu, solo que ahora no estaba segura de si era querido o querida, de si era Manu de Manuel o de Manuela.

Autora: Caro Ferrer Chinchilla.

Esta historia es inventada. Cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia.

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