Hasta hace un mes y medio, mi sensación y la de todo el equipo de Ajustes Creativos era la del tiempo limitado: nuestras agendas siempre sacando humo, a pesar de que las opciones se pudieran repartir en 365 al año.
Si, echo la vista un poco más atrás, ésta era una sensación familiar, casi como si se tratara de una forma de vivir, en la que no hubiera un problema con el tiempo del que disponemos, sino en cómo lo vivimos, lo sentimos y lo compartimos.
Hace algún tiempo, el crecimiento profesional –y personal–, nos llevó a Vallarta; sin esperarlo, casi sin darnos cuenta, nos encontramos en una aventura deliciosa que tenía un inicio y que aún no alcanzo a ver el final. En esos tres días, no tuvimos ningún problema en pausar compromisos familiares, reuniones ineludibles, kilómetros de más, y algún curso de menos. Nuestro deseo y nuestro objetivo eran claros: estar ahí presentes, en ese momento.
Fuimos a hacer todas juntas lo mejor que podíamos hacer; no porque por separado no pudiésemos, sino porque de esa forma, se multiplicaban nuestras capacidades. Cumplimos con ello, y además, nos divertimos.
Mientras nos mirábamos a los ojos, y reíamos o llorábamos, yo no dejaba de pensar “esto es lo más valioso que tenemos: el encuentro, la atención, el estar. Las verdades y los secretos que surgen cuando menos te lo esperas, cuando nos damos tiempo y espacio; esos secretos que prometimos no explicar jamás –por pena, por miedo, por fidelidad– de repente brotan de la boca como río sin cauce, cuando nos regalamos la oportunidad de compartir”.
Regresando, hoy, a mi presente, y al momento complicado que como humanidad estamos viviendo, –un paréntesis de encierro y reflexión–, tengo una sensación muy distinta en el cuerpo: el tiempo es mi tiempo, quiero buscar y encontrar esos espacios de compartir, e ir reduciendo los mensajes casi automáticos de “Híjole, esta semana no puedo, estoy muy ocupada” por los de “Ahora ando libre, ¿Qué te parece si nos tomamos un café?”.

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