Faltaban 5 minutos para tener mi primera sesión con una nueva paciente, Virginia; sin embargo, el timbre del departamento ya me había alertado de su presencia hacía apenas 2. Sin previo aviso, una bofetada de tristeza me impregnó a mí y a mi consultorio. Titubeante, me dirigí a la puerta para darle la bienvenida, pero tuve que detenerme antes de tomar la manija para hacer algunas respiraciones. Sentía la pesadez en el pecho y aún más en la espalda baja, un lugar en el que acostumbraba a acumular mis emociones, sobre todo las que aparecían con fuerza. Recordé a mi abuela y su costumbre de llamar “lomo” a esa parte. Como si de repente su presencia irrumpiera en la habitación, escuché su voz profunda, bien clara: «El lomo siempre ha de estar calientito. Si por algo sientes un chisguete de aire, tápate, y si no tienes con qué, acá tienes mi cobija».
Sus últimos días fueron felices, se fue apagando como un pajarito, recuerdo perfecto la cobija amarilla y morada adherida a su cuerpo delgado, que, a pesar del deterioro, dejaba adivinar una constitución de hueso ancho, y apetecible de ver en tiempos no tan lejanos. Parecía que hacía apenas un año había tejido semejante reliquia, pero en la familia se sabía que hacía más de 50, pues la tejió durante semanas cuando falleció uno de sus hijos. Y siempre la cuidó como se cuida a ser querido que se fue: haciéndolo presente a través de sus manos.
Por fin abrí la puerta.
-Pasa Virginia, te estaba esperando. Me da gusto que te hayas decidido a venir.
No podía dejar de mirarla, y aunque no quería ser invasiva el primer día, reconozco que lo seguí haciendo (con discreción) mientras ella inspeccionaba el lugar. Había algo que me llamaba mucho la atención, por cómo iba vestida y por cómo se movía. La imaginaba con la libertad de no ceñirse a las modas, ni a las tallas ni a los roles.
-Sí… Ya le dije a Gus que al menos lo probaría.
-Me siento afortunada –Y con mi mano le indiqué dónde estaba el consultorio, al final del corredor.
Cuando entró me miró dudosa, sobre en qué sillón debía sentarse. Yo le dije que el que más le agradara. Se dejó caer y sentí cómo su cuerpo –de hueso grande, como el de mi abuela– se acomodaba a los recovecos de la butaca. La miré atenta.
Gustavo me había hablado de su esposa, a menudo exhausto por su “alto nivel de energía”, o así lo percibía él. Sus tiempos eran diametralmente opuestos. Él necesitaba 2 horas para lo que Virginia solventaba en 20 minutos. No me pareció para nada alguien enérgico, no al menos en esos momentos. Y volvió a cruzar por mi mente un pensamiento recurrente: el de las distintas percepciones que tenemos sobre una misma persona, según cómo o cuándo la conozcamos, nuestro bagaje, nuestros anhelos o nuestras creencias. Le quise dar la bienvenida, buscando el lazo que nos unía:
-Cómo es para ti estar ahorita sentada en este consultorio al que has acompañado tantas veces a Gustavo, quedándote siempre en la puerta. Cómo te sientes de este lado.
No podía dejar de mirarla. Y sentía un ardor por dentro, que de haber seguido su llamado le hubiese gritado: “No estás sola, déjame que te tape tantito el lomo”, y a la vez sabía que era nuestro primer día y lo único que podía hacer era acompañarla, ofreciéndole mi cobija invisible cuando lo requiriera. Haciendo caso omiso a mis palabras y sin preámbulo me soltó:
-Anoche falleció mi abuela.
La punzada en mi lomo se hizo evidente, agarré mi sweater y me cubrí las piernas; con unas centésimas de segundo suficientes para bajar la mirada, y descubrir, con desilusión, que ni siquiera un detalle morado o amarillo habitaba en él. Volví a mirarla, y ahí estaba, absorbida e indefensa, en un lugar ajeno a ella, y a la vez, también un poco cercano.
Estuvimos platicando la hora entera, y media más, que como hilo también se fue. Me presentó a su abuela, se llamaba Carmen, había vivido todo lo inimaginable, desde la pobreza más extrema a la abundancia más exquisita, se había casado con el hombre más intransigente, rígido e intolerable, y a pesar de todo, Virginia me explicaba con los ojos vidriosos:
-Estuvo siempre tan presente… Nunca más he conocido a alguien tan abierta y aceptante.
-¿Qué aceptó tu abuela?
-Aceptó mi forma de moverme y de vestirme. Y nunca me llamó ni fachosa ni marimacha.
En esos momentos me sudaron las manos y se me secó la boca, como si mi estado líquido se ubicase más bien en los ojos. Me emocionaba pensar en esa abuela; de la misma forma que me extrañaba imaginándomela utilizar términos como marimacha; no tanto el de fachosa (si en algo se parecía a mi abuela).
-Parece como si me dijeras que había alguien que te valoraba y se preocupaba más por ti que por tu apariencia externa.
Su cuerpo sin palabras pronunciadas me respondía… Yo la veía luchar por no echarse a llorar, y sus ojos (con las pestañas más largas que he visto jamás), abrirse y cerrarse a un ritmo frenético. En ese estar abatida, sus ojos eran los únicos delatores de que en esos momentos la situación estaba haciéndose muy intensa. Prosiguió hablándome de su abuela.
-En su regazo me refugié cuando quería llorar. Ella tenía las manos calientes, y siempre me agarraba de la cabeza y me decía: “Ven mi niña, ven acá, todo está bien”. Y yo lloraba y lloraba; y cuando alguien tocaba la puerta y exigía nuestra presencia, mi abuela siempre les contestaba: “No molesten, estamos Virginia y yo, en un asunto importante”. Si acaso ese alguien se atrevía a rezongar algo, ella les contestaba, tajante: “Sea lo que sea puede esperar. Nada es más urgente que este encuentro”.
Estuvimos un minuto en silencio. Acaso pareció que eran muchos minutos. De repente, Virginia me miró y sentí cómo se ponía nerviosa; aunque ya no sé, si más bien fui yo la que se empezó a inquietar. Como un resorte, se movió en el asiento y empezó a mirar hacia el reloj, a mirarme a mí, el consultorio… Se agarró las manos y las apretó con fuerza… Yo veía su esfuerzo por no llorar y a la vez me veía esforzándome igual. Volvió a mí el recuerdo de mi abuela y de su cobija; y deseé meterme bajo ella y llorar sin que existiera mañana. Me arriesgué y lo propuse, entre nosotras:
-Tengo muchas ganas de llorar y me estoy conteniendo por cuidarte.
Ella levantó la mirada, y vi un inmenso lago ante mí, un lago cristalino, de esos de alta montaña que aunque sea verano a 35 grados, metes un pie y se te congela hasta la cabeza completita.
-¿Cómo es para ti, Virginia?
Intentó hablar, y de veras lo intentó, y de sus cuerdas vocales salió un llanto ancestral, cubierto de ricos sonidos estacionados durante años y años; sonidos que anunciaban el despertar de una leona aún muy cachorra para poder asimilar que en su esplendor debía de ser fuerte y poderosa –Y no tan sensible para poder encajar bien la etiqueta de marimacha–. Lloró Virginia como niña, siendo una mujer ya, e invocando a Carmen y a su regazo sin juicio.
Por unos instantes, se unieron nuestras abuelas y nos mostraron su grandeza: mientras a mí, la mía, me proporcionaba calor con su cobija; a ella, la suya, le tallaba sus raíces y le ahuecaba el ala.
* Esta historia es inventada. Cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia.
#Caro
Autora: Carolina Ferrer Chinchilla

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